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Antiguo Aritmómetro Thomas de Colmar, N/S: 709, Paris, Francia, ca. 1870

Antiguo aritmómetro Thomas de Colmar N/S: 709, c. 1870. Funcionando. Rarísimo modelo con caja ebonizada estilo Napoleón III. Pieza de museo.

5 300,00 €impuestos inc.

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Antiguo Aritmómetro Thomas de Colmar, N/S: 709, Paris, Francia, circa 1870

Maravilloso y escasísimo ejemplar del Aritmómetro Thomas de Colmar, número de serie 709, fabricado en París, Francia, hacia el año 1870. Esta extraordinaria pieza representa un hito absoluto en la historia de la tecnología: la primera calculadora mecánica producida en serie con éxito comercial, concebida originalmente en 1820 por Charles Xavier Thomas de Colmar, pero fabricada en mayor escala a partir de mediados del siglo XIX. Esta unidad, completamente restaurada, conserva toda su dignidad funcional y estética original, y es una joya absoluta del coleccionismo técnico e industrial.

Su elegante y sólida caja de madera ebonizada con apliques de marquetería en estilo Napoleón III es extremadamente poco común, lo que aumenta notablemente su rareza y valor. En su interior encontramos la característica placa de latón dorado, perfectamente conservada, donde se aprecian los mandos, palancas y el panel de cálculo con los clásicos deslizadores numerados. Lleva grabada la inscripción del inventor: THOMAS de Colmar, A PARIS, INVENTEUR Nº 709, detalle que la autentifica sin margen de duda.

El compartimento lateral izquierdo con compuerta abatible está diseñado, además, para insertar un papel con anotaciones debajo del cristal, entre el cristal y la tapa del compartimento. Aunque el cristal que lo cubre no es el original, sí es un cristal antiguo; originalmente, el diseño incluía un cristal traslúcido al ácido. El conjunto incluye además cinco marcadores de hueso originales, de los cuales tres presentan la espiga rota, algo muy común en este tipo de piezas. Las espigas pueden ser restauradas sin dificultad.

En cuanto a su estado de funcionamiento, se trata de un ejemplar completo y funcional. La máquina realiza operaciones matemáticas básicas con eficacia para su antigüedad. No obstante, debe señalarse que una ventana de revoluciones presenta un “resorte de retención” débil o defectuoso. La columna tres no siempre da el resultado correcto, seguramente por desgaste en algún engranaje. Estas anomalías son reparables, pero requiere desmontar parte de la mecánica para acceder a ellos. La función de resta también opera, aunque con cierta tendencia a atascarse, síntoma habitual del desgaste de engranajes tras siglo y medio de vida, y que puede corregirse con una limpieza y lubricación adecuada. No he detectado otros defectos. En general, en muy buen estado para su edad.

El tambor de cálculo se encuentra en buen estado general, sin evidencias de corrosión ni roturas visibles. La cerradura frontal es original y funcional, aunque por su antigüedad no se recomienda utilizarla con frecuencia. La llave también es la original, un detalle muy valioso para coleccionistas exigentes.

Pocas veces se encuentra un ejemplar de este calibre en el mercado. Su combinación de belleza estética, importancia histórica y funcionalidad real la convierte en una pieza excepcional tanto para museos, como para coleccionistas privados o apasionados de la historia de la informática. Su valor como pieza de inversión patrimonial es altísimo.

Puedes ver el video que acompaña a esta descripción para ver exactamente el estado de funcionamiento de la calculadora.

Esta obra maestra no solo es testimonio de una época de ingenio y revolución industrial, sino que aportará una nota majestuosa en cualquier colección o gabinete de curiosidades tecnológicas. También es perfecta para quienes buscan invertir en historia viva.

Medidas: 58 x 17,5 x 10 cm (22,8 x 6,9 x 3,9 in).

Historia de los Aritmómetros Thomas de Colmar

El Aritmómetro Thomas de Colmar fue una creación fundamental en la historia de la computación. Aunque su invención se remonta a 1820, no fue hasta las décadas de 1850 y 1860 que su fabricación y comercialización se generalizó. Charles Xavier Thomas de Colmar, empresario visionario y oficial del gobierno francés, diseñó esta máquina con el propósito de facilitar los complejos cálculos que se requerían en la administración pública, los seguros y la banca. Su aritmómetro fue el primer dispositivo de cálculo mecánico que logró un verdadero éxito comercial en Europa, sentando así las bases para todas las calculadoras mecánicas que vendrían después.

A diferencia de otros inventos de su época, el aritmómetro no fue una curiosidad de laboratorio, sino una herramienta útil, robusta y fiable, que rápidamente fue adoptada por grandes compañías, instituciones financieras y gobiernos. Sus funciones incluían la suma, resta, multiplicación y división, operadas mediante deslizadores, engranajes y un mecanismo de tambor escalonado basado en el principio de Leibniz, pero considerablemente mejorado en términos de precisión y facilidad de uso.

La fabricación se realizaba en talleres parisinos altamente especializados, donde cada unidad era montada artesanalmente. Los ejemplares con números de serie bajos —como este nº 709— fueron producidos durante la etapa en la que Thomas aún supervisaba la producción, lo que les confiere un valor histórico y coleccionable muy superior.

En la Exposición Universal de Londres de 1851 y más tarde en la de París de 1855, el aritmómetro de Thomas fue aclamado como una de las invenciones más avanzadas de su tiempo. Su aceptación marcó el inicio de la transición de las operaciones manuales al cálculo mecánico en el entorno empresarial. La producción continuó tras la muerte de Thomas en 1870 bajo la dirección de sus herederos, aunque ningún modelo posterior alcanzó la misma perfección de diseño ni el mismo grado de influencia histórica.

Se conservan hoy en día algunos ejemplares en instituciones como el Musée des Arts et Métiers (París), el Deutsches Museum (Múnich), el Science Museum (Londres) o la Smithsonian Institution (Washington D.C.), donde se exhiben como hitos fundacionales del cálculo moderno.

Este aritmómetro no solo revolucionó la forma de trabajar en el siglo XIX, sino que allanó el camino para el desarrollo de las primeras máquinas automáticas de cálculo, y finalmente, los ordenadores del siglo XX. Poseer una de estas máquinas no es solo adquirir un objeto mecánico: es adquirir una piedra angular del progreso humano.

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